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Tres años de guerra en Ucrania: lecciones para una geopolítica sud-atlántica

La exclusión de Europa y Ucrania de las primeras conversaciones diplomáticas luego de tres años de conflicto no es un hecho casual. Refleja lecciones clave que deben considerarse para comprender la realidad internacional. ¿Cómo podemos interpretarlas desde Argentina?

Publicado el 27 de febrero de 2025 por Facundo Galli Lobo
Tres años de guerra en Ucrania: lecciones para una geopolítica sud-atlántica

Aunque el liderazgo diplomático del dúo Trump-Rubio representa un cambio abrupto en la política exterior estadounidense, no hablamos realmente de un fenómeno inédito ni ajeno a la política internacional. Históricamente las relaciones entre Estados han estado regidas por el respeto a los intereses nacionales, por encima de los discursos altruistas o intereses de las coaliciones estratégicas. Y en este sentido, la guerra en Ucrania no parece ser la excepción.

De hecho, la exclusión de Ucrania y Europa de las primeras rondas de conversaciones no es accidental. Responde a la lógica que Raymond Aron expone en “Paz y Guerra entre las naciones”, donde afirma que los beneficios de un acuerdo nunca se reparten equitativamente, sino en función del peso que poseen los Estados contendientes al momento de negociar.

De modo tal que a pesar de su apoyo al esfuerzo de guerra ucraniano, Europa no ha logrado demostrar un poder de ayuda equivalente al de Estados Unidos en este conflicto, lo cual ha condicionado significativamente su rol en la mesa de negociación.

Defensa común: la gran deuda europea

La incapacidad de Europa para proporcionar a Ucrania el armamento necesario en las primeras etapas de la guerra, junto con la falta de una doctrina de seguridad común que permita la integración de fuerzas armadas operativas conjuntas, explica en gran medida su marginación en las negociaciones.

Desde 1945, Europa ha subordinado su autonomía estratégica en materia de defensa, dependiendo casi exclusivamente de la protección estadounidense. Si bien esta decisión tuvo razones comprensibles en su contexto, el resultado ha sido un continente cuyos intereses de seguridad siguen supeditados a las prioridades estratégicas de Washington.

Sin embargo, la postura estadounidense está cambiando. Trump ha exigido a los países de la OTAN elevar su gasto en defensa al 5% del PBI y su administración ha insinuado que los europeos deberían considerar el despliegue de tropas en Ucrania. Tanto el senador republicano Lindsey Graham como el general (R) Keith Kellogg, enviado especial para Ucrania, han señalado que cualquier acuerdo con Rusia requerirá la participación activa de Europa para evitar un nuevo estallido del conflicto. En palabras del propio Trump, EE.UU no se hará cargo de la seguridad ajena.

Sin la geografía ni la geopolítica: la situación de Ucrania

A pesar del malestar generado, el nuevo gobierno estadounidense ha reiterado que Ucrania debe aceptar la realidad de su situación si realmente desea alcanzar «la paz». Segun Trump, esto implica no solo la posibilidad de ceder territorios ocupados en el Donbás y en el sur del país, sino también renunciar a su aspiración de ingresar a la OTAN, considerada por Washington como el principal detonante de la guerra.

Como señaló el Dr. Alberto Hutschenreuter en Mirada Crítica, “Ucrania no puede quedarse con la geografía ni con la geopolítica”. Limitar con una gran potencia como Rusia exige a los Estados vecinos una política exterior y de defensa prudente. En este contexto, la “diplomacia de deferencia” —que modera las acciones para evitar provocar al poder mayor— se vuelve una estrategia clave de supervivencia.

Lecciones para una geopolítica sud-atlántica

Los acontecimientos en Ucrania reflejan una constante en las relaciones internacionales: la soberanía y los intereses de un Estado solo pueden sostenerse si cuentan con el respaldo de instrumentos de poder que garanticen su defensa. De lo contrario, difícilmente otro actor acudirá en su auxilio, sin un beneficio propio claro.

La historia ofrece numerosos ejemplos de este principio. La guerra en Ucrania ilustra cómo la decisión de relegar la autonomía estratégica en favor de una potencia extranjera puede terminar condicionando la capacidad de decisión de un país o un bloque regional.

En este sentido, Argentina debe considerar el impacto de esta dinámica en su propia estrategia. Si su soberanía sobre el Atlántico Sur y sus reivindicaciones antárticas dependen únicamente del Derecho Internacional, sin contar con una estrategia de defensa común (tal como estipula la Constitución Nacional), su margen de acción frente a otras potencias será limitado.

Al igual que Europa en este conflicto, si Argentina no asume un rol proactivo en la defensa de sus intereses, corre el riesgo de ser excluida de futuras decisiones que redefinan el orden en el Atlántico Sur.

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