El papel de Rusia en la erosión del sistema occidental

Por María Florencia Anhielo y Sofía Kasirer.

En análisis de la política internacional hay una tendencia a interpretar el comportamiento de las grandes potencias como respuestas coyunturales, desligadas de patrones más profundos. En algunos casos, esa lectura puede resultar útil. En el caso de Rusia, es insuficiente. A diferencia de China, que recién durante las últimas décadas de su milenaria historia, priorizó una acumulación gradual de poder económico y tecnológico para prepararse a una expansión que no le interesó durante mas de 4.000 años,  Rusia concibe desde hace siglos su lugar en el sistema internacional en una clave más activa e inmediata, más política y más militarizada de competencia.

El error más común del análisis occidental es interpretar a Putin como una anomalía. La evidencia histórica indica lo contrario. Putin no rompe con la tradición estratégica rusa: la expresa. Más allá de los cambios de régimen (zarismo, Unión Soviética o Federación Rusa), hay continuidad en sus prioridades históricas: evitar la subordinación a un orden internacional definido por otros y contener la expansión de Occidente sobre lo que el Kremlin concibe como su esfera de influencia.

Rusia no es un actor reactivo. Mantiene una competencia estratégica de larga duración con Occidente, sea que esté liderado por alguno de los países de Europa como hasta el siglo XX, o ahora por Estados Unidos. Porque es una cuestión más profunda: quién define las condiciones del sistema internacional.

A lo largo de distintos períodos, desde la occidentalización impulsada por Pedro el Grande hasta las reformas de Gorbachov en el final de la Unión Soviética, Rusia toma a Occidente como referencia parcial de modernización, sin dejar de percibirlo como una amenaza potencial. El resultado no es una reacción esporádica, sino una forma de pensamiento estratégico notablemente estable: limitar la proyección de poder occidental en su entorno inmediato, preservar su autonomía decisoria y, cuando es necesario, alterar las condiciones del entorno para evitar desventajas estructurales. Rusia no estuvo nunca ni está hoy en condiciones de hegemonizar el sistema internacional, pero sí de bloquear, encarecer y erosionar la primacía occidental en áreas clave.

El fin de la Guerra Fría no eliminó esta lógica: la redefinió. Rusia vio erosionada su capacidad de competir simétricamente con Occidente en términos convencionales, pero no abandonó su objetivo estratégico. Ajustó sus instrumentos sin cambiar el objetivo, solo cambia la forma de competir. La doctrina rusa evoluciona hacia un enfoque explícitamente asimétrico: si no puede imponer resultados en el plano militar tradicional, puede condicionarlos antes, durante y después del conflicto mediante el control del entorno informativo, político y social del adversario (Giles, NATO Defense College, 2016)

A partir de ahí, la lógica operativa se desplaza y combina instrumentos tradicionales y no convencionales: donde no puede, desgasta y fragmenta. Pero lo relevante no es la combinación en sí, sino la jerarquía: las herramientas no convencionales dejan de ser auxiliares y pasan a estructurar la competencia, haciendo que también cambie el modo en que se entiende el conflicto. En la concepción rusa, la “guerra” no comienza con el uso de la fuerza. La confrontación en el espacio informativo es permanente, incluso en condiciones de aparente paz, y busca moldear percepciones, decisiones y comportamientos mucho antes de cualquier escalada militar.

El foco no está en lo que los Estados dicen, sino en intervenir sobre su proceso de toma de decisiones. Esto es “control reflexivo”: inducir decisiones funcionales a los propios objetivos mediante la manipulación del entorno informativo. No se trata sólo de mentir, sino de volver irrelevante la distinción entre verdad y falsedad.

El efecto de este tipo de operaciones no es inmediato, sino acumulativo. La degradación de la coherencia interna de Europa y de los Estados (política, institucional y social)  reduce su capacidad de coordinación y, por lo tanto, su eficacia estratégica. No es necesario modificar su alineamiento formal: alcanza con deteriorar su funcionamiento.

Lo han hecho en casi todos los países de Europa, en lo que podríamos llamar “guerrilla cultural”, socavando costumbre, cultura y hasta unión nacional, como puede ser el caso de su apoyo a los segregacionistas vascos y catalanes en España.

Argentina y la redefinición de su inserción internacional

La relevancia de países como Argentina no debe medirse en términos tradicionales de poder, sino en función de su posicionamiento dentro del sistema internacional. El cambio introducido por el gobierno de Javier Milei adquiere, en este sentido, un significado estratégico preciso. La Argentina se ha decidido al fin a definir con claridad y sin insularidad pueril, su inserción internacional: una posición firme frente a la agresión rusa, un fuerte apoyo a Israel y un alineamiento estratégico con Estados Unidos y el conjunto de las democracias occidentales.

Este giro no es discursivo, es una redefinición del lugar del país en el mundo. Argentina deja de ser un actor ambiguo y pasa a integrarse de manera explícita al espacio político de las democracias occidentales. En un contexto de creciente competencia global, esta claridad constituye un activo.

De hecho, el abstencionismo del siglo XIX no dejó de ser una fantasía geopolítica inadmisible en el 8vo. país mas extenso del mundo, con una iríada de recursos naturales que aprovechamos nosotros o aprovechará otro.

Aunque parezca un trabalenguas: ni Estados Unidos ni Rusia puede dejar que llegado el caso, ese otro sea el otro.

En paralelo, lo medular no es solo el alineamiento, sino su potencial consolidación. Si este posicionamiento externo se combina con un proceso de estabilización económica y de transformación interna, la Argentina deja de ser un país aleatorio, reducido por su inconstancia a un simple socio más y se convertirá en un caso relevante, un “leading case” dentro de la región.

Es justamente en ese punto donde el escenario externo deja de ser neutro. Desde la perspectiva rusa, este tipo de proceso introduce un problema, no porque Argentina sea un adversario directo, sino porque contribuye a fortalecer el espacio occidental en una región donde la ambigüedad “qual piuma al vento” ha sido frecuente.

Un país que logra estabilidad, previsibilidad y alineamiento consistente, reduce el margen para estrategias basadas en la fragmentación. Obliga a actuar o mejor dicho, a volver a actuar, porque Rusia en su versión U.R.S.S. ya fue muy activa durante las décadas de 1960 a 1980.

En las últimas horas trascendió que el gobierno ruso habría financiado (directa o indirectamente) a periodistas y medios argentinos para instalar narrativas contra el gobierno de Javier Milei. Se trata de una operación agresiva de influencia orientada a erosionar la credibilidad del gobierno y a aumentar la fricción política interna. El objetivo de estass intervenciones no es imponer una narrativa alternativa, sino generar condiciones de incertidumbre: aumentar el nivel de conflicto, cuestionar la credibilidad y dificultar la consolidación de un rumbo claro.

Un gobierno desprestigiado internamente es un gobierno debilitado externamente.

Un país en crisis de credibilidad es un país que no puede articular una política exterior creíble, sostenida y coherente.

Nada de esto opera de manera aislada. Esas injerencias extranjeras no actúan en el vacío ni producen efectos por sí solas. Requieren necesariamente de socios y vehículos locales que les den escala y legitimidad. Necesitan políticos, periodistas, analistas y medios dispuestos, por convicción, por dinero o por negligencia profesional, a reproducir, amplificar o validar marcos narrativos ficticios, que no se originan en el debate doméstico, sino que son diseñados externamente con objetivos estratégicos precisos.

Identificar estas operaciones no es un ejercicio paranoico ni conspiranoide. Tampoco se trata de impedir ni acallar el debate. Es precisamente lo contrario: es la condición necesaria para que el debate sea genuino. Una democracia que no puede distinguir entre disenso legítimo e interferencia extranjera es una democracia vulnerable. Y una prensa que no se hace esa pregunta, sobre el origen, la financiación y la dirección de los marcos que reproduce, no está ejerciendo su función, sino resignándola. Ni que decir de los partidos políticos que se ende o alquilas a esas operaciones.

La guerra de la información no tiene un frente de batalla visible. No hay uniformes, desfiles ni declaraciones formales. Avanza en los titulares, en los medios, en las coberturas sesgadas y en los análisis que llegan siempre a la misma conclusión.

Reconocerla no implica desconfiar de todo. Implica, simplemente, no ser ingenuo. Que Rusia haya apuntado a la Argentina no es una casualidad ni una exageración. Es una confirmación. Confirma que el reposicionamiento argentino es percibido como significativo, que incomoda, y que hay actores dispuestos a invertir recursos para revertirlo o al menos para ensuciarlo.

La mejor respuesta a eso no es el silencio ni la censura. Es sostener el rumbo con más claridad todavía y aplicar la Constitución y las leyes con todo rigor.

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Sofía Kasirer
Sofía Kasirer
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