El Defense Autonomous Warfare Group (DAWG) es una iniciativa del Departamento de Guerra orientada a acelerar el desarrollo, testeo y despliegue de sistemas no tripulados en gran volumen. Su lógica operacional se inscribe en el paradigma de «masa asequible»: plataformas autónomas, principalmente drones y municiones inteligentes, capaces de saturar defensas, operar en enjambre y ejecutar misiones con mínima intervención humana.
A diferencia de programas anteriores centrados en plataformas de alto costo y baja disponibilidad, el DAWG apunta a la producción escalable de sistemas relativamente económicos, adaptables y prescindibles. El ejemplo más mediatico de esta lógica ya opera en combate: el LUCAS (Low-cost Unmanned Combat Attack System) desarrollado por SpektreWorks, una startup radicada en Phoenix, Arizona, es un dron kamikaze de ataque de un solo uso con un costo unitario de aproximadamente 35.000 dólares. Por el precio de un solo misil Tomahawk (alrededor de 2 millones de dólares), es posible desplegar 57 unidades LUCAS. Este cambio estructural implica que la ventaja ya no reside únicamente en la sofisticación individual de cada sistema, sino en la disponibilidad y capacidad de desplegar cantidades masivas de activos interconectados, coordinados mediante algoritmos.
El componente crítico de esta arquitectura es la integración de IA en funciones de targeting, navegación, identificación de amenazas y toma de decisiones tácticas en tiempo real. En este punto, el DAWG es el vehículo para operacionalizar la guerra algorítmica o «autónoma».
El salto presupuestario del DAWG: de lo experimental a lo estructural
El dato más significativo revelado en las audiencias del Senado estadounidense es el incremento presupuestario proyectado para el DAWG: de 225 millones de dólares en el año fiscal 2026 a 54.600 millones en 2027, lo que representa un aumento del 24.000% en un solo ejercicio fiscal. Cabe señalar que el grueso de esa cifra, unos 53.600 millones, depende de la aprobación por el Congreso de un proyecto de reconciliación presupuestaria, lo que introduce incertidumbre sobre su concreción definitiva. Si se aprueba, el DAWG representará casi el 15% del paquete total de reconciliación y consolidaría la guerra autónoma como eje estructural de la planificación militar norteamericana.
En términos prácticos, la propuesta implica tres dinámicas simultáneas:
- Transición de prototipos a producción masiva: el énfasis ya no está en demostrar viabilidad tecnológica, sino en industrializar capacidades. El DAWG está concebido para evolucionar hacia un comando de combate consolidado que sincronice operaciones de drones, aeronaves y activos navales en todos los dominios.
- Integración vertical entre desarrollo tecnológico y despliegue operativo: el Departamento de Guerra busca acortar los ciclos entre laboratorio y campo de batalla, eliminando fricciones burocráticas en adquisiciones.
- Consolidación de un ecosistema industrial ampliado donde empresas emergentes compiten con contratistas tradicionales en nichos de alta innovación, particularmente en software, autonomía y sistemas de control.
El caso más representativo de este nuevo ecosistema es Anduril Industries, la empresa fundada por Palmer Luckey que opera con una lógica deliberadamente opuesta a los grandes contratistas tradicionales: integración vertical, ciclos de desarrollo cortos y arquitectura de software primero. Su plataforma Lattice OS, un sistema operativo que fusiona datos de sensores heterogéneos y coordina enjambres autónomos bajo supervisión humana, es esencialmente el cerebro de mando para sistemas de combate multi-dominio. En marzo de 2026, el US Army adjudicó a Anduril un contrato de hasta 20.000 millones de dólares para consolidar una gama amplia de tecnología militar impulsada por IA, mientras que en este mes obtuvo un contrato adicional para desarrollar un prototipo de sistema de comando y control antimisil para el teatro Indo-Pacífico.
Otra empresa interesante es Swarm Defense Technologies, empresa radicada en Auburn Hills, Michigan, produjo 12.000 drones en 2025 y proyecta expandir su capacidad aproximadamente diez veces en los próximos doce meses. Su arquitectura es completamente integrada en casa —hardware, software, electrónica y firmware propios— lo que le permite ofrecer actualizaciones over-the-air sin necesidad de renovación de hardware. El sistema está diseñado para que un solo operador despliegue un enjambre completo desde cualquier dispositivo en cuestión de minutos, con apenas dos días de entrenamiento. Este perfil —bajo costo, producción masiva, operabilidad simplificada, fabricación 100% doméstica— es precisamente el que el DAWG busca habilitar a escala nacional.
La guerra autónoma que el DAWG proyecta para el futuro ya tiene un caso operacional concreto. El 28 de febrero de 2026, el Comando Central confirmó el primer empleo en combate de la historia de un dron de ataque de un solo uso norteamericano: LUCAS fue lanzado en el marco de la Operación Epic Fury contra instalaciones de la Guardia Revolucionaria Islámica de Irán, a nodos de defensa aérea, sitios de lanzamiento y aeródromos militares. Dato de color es que LUCAS es una ingeniería inversa del Shahed-136 iraní, reconstruido con electrónica y sistemas de guiado norteamericanos tras la captura de un ejemplar dañado. Estados Unidos utilizó contra Irán una versión mejorada de su propio diseño.
Esta experiencia confirma la viabilidad del paradigma de masa asequible y provee datos reales para la producción a escala que el DAWG proyecta financiar. El propio Subsecretario de Guerra para Investigación e Ingeniería y Director de Tecnología (CTO) del Pentágono, Emil Michael, reconoció que el LUCAS no estaba en producción a gran escala cuando comenzó la operación. «Despachamos lo que teníamos» observó en ese momento, pero señaló que representa exactamente el futuro al que el departamento aspira.
Escenarios de guerra autónoma
El desarrollo del DAWG responde a escenarios operacionales concretos, donde la autonomía ofrece ventajas decisivas. En el dominio marítimo, se sabe que desde abril de 2026 la US Navy emplea drones submarinos para la detección y neutralización de minas iraníes en el Estrecho de Ormuz, en el marco de la Operación Epic Fury. La persistencia y el bajo costo de sistemas no tripulados permiten operaciones sostenidas en ambientes de alto riesgo donde enviar tripulación humana sería desproporcionadamente costoso.
En el dominio aeroespacial, la integración de interceptores autónomos apunta a reducir los tiempos de reacción frente a amenazas hipersónicas. El Golden Dome está actualmente en fase de desarrollo: la Space Force adjudicó contratos a doce empresas, incluyendo SpaceX, Lockheed Martin, Northrop Grumman, Anduril y Raytheon, para prototipos de interceptores espaciales, con una capacidad inicial operacional proyectada para 2028 y un costo total estimado de 185.000 millones de dólares a completarse en 2035. La lógica subyacente reside en que la ventana de interceptación frente a amenazas hipersónicas puede ser de segundos, un margen que excede las capacidades de decisión humana sin asistencia de sistemas autónomos.
En el plano terrestre, la proliferación de enjambres de drones con capacidades de targeting autónomo redefine la táctica a nivel de unidad. La saturación de defensas, la degradación de sensores enemigos y la capacidad de operar en entornos de guerra electrónica compleja constituyen ventajas clave. Estos escenarios mencionados comparten que la velocidad de decisión y la escala operativa superan las limitaciones humanas, haciendo de la autonomía una necesidad funcional.
La integración de IA y el problema normativo
El avance del DAWG tensiona directamente el marco regulatorio vigente en Estados Unidos, particularmente la Directiva 3000.09 del Departamento de Guerra, reeditada en 2023, que establece lineamientos para el uso de sistemas autónomos y semiautónomos. Diseñada en un contexto donde la autonomía era limitada y supervisada, esta directiva enfrenta dificultades para adaptarse a sistemas que incorporan IA en funciones críticas de selección y engagement de objetivos.
La propia conducción del departamento reconoce que el ritmo de desarrollo tecnológico ha superado la capacidad de actualización normativa, y el Congreso ha comenzado a exigir informes periódicos sobre aprobaciones y despliegues de sistemas autónomos.
La fricción entre necesidades operativas militares y restricciones éticas del sector privado se ha convertido en un punto de tensión abierto. En febrero de 2026, el Departamento de Guerra exigió a Anthropic acceso a «cualquier uso legal» de su IA, incluyendo aplicaciones de vigilancia y sistemas autónomos letales; Dario Amodei rechazó la demanda, y el departamento llegó a amenazar con invocar la Defense Production Act para forzar la eliminación de salvaguardas. Paralelamente, OpenAI aceptó un contrato con el departamento bajo condiciones propias. La gobernanza de la IA en asuntos militares está lejos de estabilizarse, y el ecosistema de empresas del sector no presenta una postura uniforme.
En este escenario, Palantir Technologies emerge como el actor más influyente en la capa de integración de datos e inteligencia artificial operacional para el complejo de defensa norteamericano. En marzo de 2026, el Departamento de Guerra formalizó su sistema Maven AI como «programa de registro», garantizando su despliegue financiado a largo plazo. Palantir también participa en el consorcio del Golden Dome junto a Anduril, con estimaciones que le atribuyen unos 18.200 millones de dólares en ingresos gubernamentales derivados de ese programa hasta 2028.
Competencia estratégica y economía de la IA
El componente geopolítico es central. Estados Unidos identifica a China como el principal competidor en la carrera por la supremacía en IA aplicada a defensa. La preocupación no se limita al desarrollo propio, sino a la capacidad china de replicar modelos occidentales a menor costo y sin salvaguardas, y aplicarlos en dominios militares, cibernéticos y potencialmente biológicos o químicos. El caso DeepSeek instaló esta preocupación en el centro del debate estratégico al demostrar que modelos de frontera podían replicarse a una fracción del costo mediante destilación de conocimiento.
En este contexto, el control de chips avanzados, la propiedad intelectual y el acceso a ecosistemas de innovación se convierten en variables estratégicas de primer orden. Las políticas de exportación de semiconductores reflejan una lógica ambivalente donde por un lado está la preservación de la ventaja tecnológica y del otro lado se busca influir en la dependencia estructural del adversario.
De la automatización a la autonomía plena
La convergencia entre sistemas autónomos, IA y nuevas tecnologías como la energía dirigida indica que el campo de batalla futuro estará definido por redes de sistemas interconectados, capaces de operar con altos grados de independencia. El énfasis del DAWG en hacer estas tecnologías «más baratas, más pequeñas y más proliferadas» sugiere un escenario donde la densidad de capacidades autónomas será un factor determinante. En este entorno, la ventaja no residirá únicamente en la calidad tecnológica individual, sino en la capacidad de integración, adaptación y producción a escala.
El DAWG es concebido hoy en Estados Unidos como el núcleo de una transformación más amplia en la transición hacia una guerra donde los algoritmos y sistemas autónomos no solo asisten, sino que ejecutan.
















