La Armada Argentina y la Embajada de los Estados Unidos firmaron hace pocos días una LoI que formaliza un programa de cooperación de cinco años orientado al fortalecimiento de la capacidad de la Armada Argentina de maximizar la conciencia situacional del dominio marítimo. La firma fue suscripta por el contraalmirante Carlos Sardiello, en representación de las Fuerzas Navales del Comando Sur y la Cuarta Flota de Estados Unidos, y por el almirante Juan Carlos Romay, por parte de la Armada Argentina.
Para entenderlo mejor, una LoI es un documento político-administrativo que formaliza la intención de ambas partes de desarrollar un programa conjunto, establece el marco general, los objetivos y las etapas, y habilita la ejecución de actividades concretas bajo el paraguas del acuerdo.
En este caso, el programa marco está denominado Protecting Global Commons, una iniciativa del Departamento de Guerra de los Estados Unidos articulada bajo la Sección 333 del mecanismo Building Partner Capacity, que financia, capacita y transfiere capacidades militares a países aliados.
En este sentido, la elección del nombre no implica de ninguna manera una internacionalización de la jurisdicción argentina sobre el Atlántico Sur —como algunos malintencionados o ignorantes han intentado sugerir—. Lo «común» del programa no es la soberanía sobre el Mar Argentino, sino la cooperación frente a intereses comunes entre ambos Estados: el mantenimiento de las líneas de comunicación marítima (SLOC) abiertas, la lucha contra actividades ilícitas en el mar y la estabilidad regional en una zona de creciente importancia geopolítica.
El interés de Estados Unidos no implica presencia militar permanente en el Atlántico Sur. Las aeronaves, drones y sistemas incorporados serán operados exclusivamente por personal de la Armada Argentina y permanecerán bajo control nacional. El interés estadounidense es tener un aliado con mayor capacidad de percepción y vigilancia marítima, que contribuya a la estabilidad regional, al mantenimiento de las rutas de navegación abiertas y a la detección temprana de actividades ilícitas en una zona de creciente presencia de potencias extra-regionales.
Lo que distingue este acuerdo de iniciativas anteriores es que su objetivo central fue definido con precisión técnica, a través de un proceso que llevó un largo tiempo de negociación: la capacidad que Argentina decidió priorizar y que Estados Unidos se comprometió a reforzar es la Conciencia Situacional del Dominio Marítimo (en inglés, Maritime Domain Awareness o MDA). Esta decisión no es menor. Define la lógica de todos los componentes del programa, que no es simplemente incorporar plataformas nuevas, sino construir una arquitectura completa de percepción, vigilancia y conocimiento del entorno marítimo.
En términos prácticos, se entiende a la conciencia situacional del dominio marítimo como el conocimiento sobre qué está ocurriendo en el mar: qué buques navegan, con qué carga, desde dónde y hacia dónde, qué actividades se desarrollan en la Zona Económica Exclusiva (ZEE), dónde se producen incursiones ilegales, dónde hay emergencias, etc.
Para Argentina, el desafío es mayúsculo. La ZEE argentina comprende más de un millón de kilómetros cuadrados, una de las más extensas del mundo, que contiene recursos pesqueros, hidrocarburíferos y minerales de enorme valor estratégico. A eso se suma la plataforma continental extendida reconocida por la ONU, la presencia de potencias extra-regionales con intereses en la zona y el conflicto de soberanía latente con el Reino Unido por las Islas Malvinas. Sabiendo esto, se convierte en evidente que «tener ojos en el mar» no es una metáfora, si no que es una condición operativa indispensable para el ejercicio efectivo de la soberanía.
Sobre las líneas de comunicaciones marítimas (SLOC) en Argentina, hay que primero dimensionar que alrededor del 90% del comercio exterior argentino de bienes se moviliza por vía marítima. Las rutas que conectan el Atlántico con el Pacífico a través del Estrecho de Magallanes y el Cabo de Hornos, así como los corredores hacia Europa y África, hacen de este espacio un nudo logístico y estratégico de primer orden, sobretodo en un contexto de creciente volatilidad de algunos pasos marítimos a nivel global. Garantizar la apertura y seguridad de esas rutas es un interés compartido con Estados Unidos, que opera globalmente sobre la premisa de mantener abiertas las líneas de comunicación marítimas.
Los detalles de lo acordado entre la Armada Argentina y Estados Unidos
El programa no comenzó con la firma de mayo de 2026: sus primeras acciones concretas ya se ejecutaron en 2025, lo que da cuenta de que la cooperación antecedió a la formalización documental. El plan tiene una arquitectura escalonada que va desde la mejora de plataformas existentes hasta la incorporación de sistemas autónomos de última generación. A continuación los detales:
El B-200M con ojos nuevos
El punto de entrada del programa fue la modernización de un Beechcraft B-200M de la Aviación Naval, aeronave que cumple misiones de patrulla marítima y búsqueda y rescate en la ZEE argentina. En septiembre de 2025, en el marco del programa 333 (previamente explicado), la Armada recibió en la Base Aeronaval Punta Indio un sistema de cámara WESCAM MX-10, desarrollado por L3Harris Technologies, valuado en tres millones de dólares.

El MX-10 es un sistema electroóptico e infrarrojo (EO/IR) compacto que integra estabilización activa de cuatro ejes y admite hasta seis sensores simultáneamente: cámaras a color de alta definición, infrarrojas HD, sensores de baja luminosidad, designadores láser y sistemas de georeferenciación. Su tecnología de rastreo automático de objetivos (AVT) y de indicador de objetivos en movimiento (MTI) permite seguimiento preciso incluso en condiciones meteorológicas adversas y sin luz visible. El sistema fue instalado en el B-200M y se encuentra en funcionamiento operativo desde diciembre de 2025.
Aplicar esta tecnología a la aeronave marca la diferencia entre explorar el mar con capacidades limitadas y hacerlo de manera completa, con un ojo que ve de día y de noche, en niebla, lluvia o tormenta, y que entrega la posición exacta del objetivo en tiempo real. Además, con esto se potencia la capacidad de apoyo aéreo a operaciones de interdicción marítima en misiones de Visita, Registro y Captura (VRC), lo que amplía el espectro operativo de la plataforma más allá de la simple vigilancia.
Donación de 2 TEXTRON Beechcraft King Air B-360ER MPA
Como parte de los acuerdos alcanzados, Estados Unidos se comprometió a donar dos aeronaves TEXTRON Beechcraft King Air B-360ER MPA (Maritime Patrol Aircraft), enteramente nuevas, con cero horas de vuelo. Estas aeronaves están construidas sobre la base del King Air 360ER, pero configuradas específicamente para misiones de patrulla marítima con un conjunto de sensores y sistemas de misión sofisticados para la tarea.
De la información pública disponible, el King Air 360ER tiene una autonomía de vuelo extendida con un alcance de hasta 4.982 kilómetros y es propulsado por dos motores turbo-hélice Pratt & Whitney Canadá PT-6A-60A de 1.050 HP cada uno, que le permiten alcanzar velocidades de crucero de hasta 561 km/h. En su configuración MPA para la Armada Argentina, contará con radar de búsqueda de superficie, sensores infrarrojos, sistema de identificación automática de buques (AIS), comunicaciones satelitales, sistemas ISR y capacidades integradas de comando y control. Estas aeronaves estarán configuradas para operar en enlace con los cuatrimotores Lockheed P-3C Orion que la Armada está incorporando desde Noruega, lo que sugiere una visión de arquitectura operacional integrada más que de plataformas aisladas.
El cronograma prevé la recepción de la primera unidad en diciembre de 2026 y la segunda a partir de junio de 2027. Se estima que el valor de esta transferencia, tomando como referencia una operación similar de EE.UU. con Sri Lanka para una aeronave de características idénticas, soporte y servicios asociados, ronda los 38 millones de dólares por unidad.

Drones navales, un verdadero salto al siglo XXI
Una de las donaciones más novedosas del programa acordado entre Argentina y Estados Unidos es la provisión de vehículos aéreos no tripulados Shield AI V-BAT, diseñados para operar desde las cubiertas de vuelo de los patrulleros oceánicos de la clase Bouchard. El acuerdo contempla la donación de dos sistemas, compuestos cada uno por tres drones V-BAT y una estación de control, cuya entrega está prevista entre 2027 y 2029.

El V-BAT es un dron de Clase 2 de despegue y aterrizaje vertical (VTOL) que, una vez despegado de la plataforma, vuela como un avión de ala fija. Esto hace que combine la flexibilidad del helicóptero con la eficiencia y alcance del avión. Este sistema tiene una carga útil de hasta 18 kilogramos, suficiente para una suite completa de sensores EO/IR, radar SAR o equipos de inteligencia electrónica, más de 12 horas de autonomía, alcance de 140 kilómetros (sin interferencias físicas entre comando y dron) y, con comunicaciones satelitales, un alcance limitado únicamente por su autonomía de combustible, que puede extenderse hasta 1.200 kilómetros. El sistema no requiere catapultas ni sistemas de recuperación: puede desplegarse y recuperarse en espacios de apenas 5 por 5 metros en cubierta.
Para el caso argentino, un patrullero oceánico de la clase Bouchard con un V-BAT a bordo multiplica radicalmente su radio de detección y vigilancia, cubriendo en pocas horas superficies marítimas que antes exigirían días de navegación, o la asignación de un helicoptero liviano. Además, el V-BAT ya ha demostrado su robustez en ambientes de guerra electrónica intensa al haber sid0 empleado exitosamente en Ucrania para misiones ISR en un entorno de denegación de GPS y jamming masivo, lo que valida su capacidad para operar en escenarios de alta complejidad.
En Sudamérica, la Armada de Colombia ha evaluado su adquisición para misiones de vigilancia marítima y antinarcóticos, lo que convierte a Argentina en uno de los primeros adoptantes regionales de esta tecnología en el dominio naval.
Simulador para el sistema de armas P-3 Orion
El programa cierra su ciclo quinquenal a partir de 2029 con la posible provisión de un simulador para las aeronaves P-3 Orion que la Armada Argentina viene incorporando desde Noruega. Este es un objetivo de mediano plazo cuyos detalles técnicos específicos y logísticos todavía no están aún resueltos, aunque si está contemplado en el documento de trabajo acordado.
El sistema de armas P-3 Orion consiste en una aeronave de vigilancia marítima, SAR y guerra antisubmarina que cuenta con 12 horas de autonomía, radar de apertura sintética, detectores de anomalías magnéticas, sensores infrarrojos y capacidades antisubmarinas, lo que permite cubrir la totalidad del litoral marítimo argentino, la plataforma continental y llegar hasta la Antártida. Con dos de las cuatro aeronaves ya incorporadas al COAN, en 2027 se completará la incorporación de los aviones adquiridos a Noruega —tres P-3C y un P-3N—, dotando a la Escuadrilla Aeronaval de Exploración de una capacidad de largo alcance que Argentina había perdido durante años.
En este marco, el simulador representa la pieza educativa del sistema que eficientiza las horas de vuelo del sistema de armas. Al incorporar plataformas de alta complejidad hay que adiestrar al personal para operar sus sistemas en todos los escenarios posibles. La formación, el adiestramiento y la transferencia tecnológica son, precisamente, ejes transversales del acuerdo.
Una pregunta recurrente que circula en el debate público sobre estos temas es si este tipo de acuerdos afecta el reclamo argentino sobre las Islas Malvinas. La respuesta es extremadamente clara. Fortalecer la capacidad de vigilancia y control marítimo refuerza la presencia operativa argentina en el Atlántico Sur, contribuyendo a incrementar la autoridad de facto sobre espacios que son disputados. Un Estado que puede ver lo que ocurre en su ZEE, que puede interceptar y registrar embarcaciones, que puede detectar incursiones pesqueras ilegales y actividades de inteligencia extranjera, ejerce soberanía de manera más efectiva que uno que no tiene una conciencia situacional completa de su dominio marítimo.
El Atlántico Sur no es una zona marginal. Es el espacio donde convergerán el comercio, la energía, la pesca, la ciencia, la proyección antártica y la defensa. Pensarlo como periferia es un error estratégico que Argentina pagó durante décadas. Este programa de cooperación, con sus limitaciones y su complejidad, es un paso concreto hacia la recuperación de la iniciativa en ese espacio y en la alianza con la principal potencia militar hemisférica y mundial.










